EL DÍA QUE ROMA TEMIÓ POR SU SUPERVIVENCIA

1. Contexto

Año 216 A.C., Roma, una república cuya futura expansión era inimaginable, se encontraba al borde del desastre. ¿El motivo? La ciudad de las siete colinas se encontraba de nuevo en guerra con Cartago, ciudad que durante siglos había dominado el comercio en el Mediterráneo occidental.

​Nos encontramos ante la conocida como segunda guerra púnica, nomenclatura otorgada al conflicto por ser «punicus» (Púnico) el nombre dado por los romanos a los habitantes de Cartago.

​Sin embargo, no nos hallamos ante un conflicto entre dos pueblos, sino que se trata claramente de una guerra de escala mundial en la que se encontraban inmersos buena parte de los pueblos del mundo conocido. Romanos, púnicos, númidas, iberos, galos, griegos… Todos tuvieron un papel en la guerra que durante 17 años asoló a buena parte del Mediterráneo.

​Pero, a su vez, este es un conflicto que ha hecho pasar a la historia a personalidades como el ingenioso Aníbal Barca, el intrépido Publio Cornelio Escipión, o tantos otros que en mayor o menor medida influyeron en unos acontecimientos que marcaron el destino del mundo occidental.

​Tal y como he introducido, Roma se encontraba cerca de su final en el año 216 A.C.. En ese año, Roma había designado como cónsules a Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo. La ciudad había depositado su confianza en estos dos hombres para acabar con Aníbal Barca, quien se encontraba en suelo italiano venciendo a todas las legiones que trataban de detener su avance.

​Ninguna táctica había funcionado hasta ahora. Enfrentarse a campo abierto a Aníbal había provocado tan solo la perdida de innumerables vidas romanas, sin que estos pudieran vencerle. Por otro lado, eludir el combate e ir desgastando a los púnicos mediante ataques a su línea de provisiones hacia obtener pequeños éxitos, pero insuficientes para acabar con la presencia de su enemigo en suelo propio.

​Había que plantear una solución y con urgencia, pero ¿De qué manera podía Roma derrotar y expulsar definitivamente de su territorio a los púnicos?

​Esa era la pregunta que debían responder los nuevos cónsules durante su mandato anual en el año 216. Roma aguardaba con desesperación una respuesta. La estrategia a seguir, finalmente, fue la de hacer frente a Aníbal mediante un ejercito cuyo tamaño Roma jamás había reunido hasta entonces, pero que las circunstancias hacían necesario.

​En palabras del historiador Polibio, tan grande era la alarma y terror de lo que podía suceder con Roma, que el Senado decidió enviar 8 legiones al campo de batalla.

​Aníbal Barca, por ese entonces, se encontraba en el sur de Italia atacando los campos de los patricios romanos y asediando la plaza de Cannae, muy cerca del río Aufidus. Su objetivo era provocar a los nobles de Roma, quienes últimamente estaban eludiendo el combate con él por miedo a ser derrotados de nuevo. El éxito de Aníbal radicaba en seguir combatiendo y derrotando a su enemigo, circunstancia que no podía producirse si Roma se decantaba por eludir enfrentarse a él en campo abierto.

​Sin mayor dilación, los dos cónsules, víctimas de la provocación cartaginesa, partieron a enfrentarse al mayor enemigo que Roma había tenido hasta ahora.

​En tiempos normales, la República Romana organizaba 4 legiones dividiéndolas entre los dos cónsules del año en cuestión, quienes recibían el mando sobre 2 de ellas cada uno. No obstante, en esta ocasión, Roma había decidido organizar 8 legiones agrupándolas en un solo ejército para garantizar la superioridad numérica sobre el enemigo.

​Entre ciudadanos romanos y los «socii» de Roma, las 8 legiones sumaban un total de 80.000 hombres. La mayor fuerza que la ciudad había juntado en los 500 años de historia desde su fundación.

​Debido a tal circunstancia, ambos cónsules se turnarían diariamente el mando sobre el ejército, siendo el primero en ejercerlo el cónsul Cayo Terencio Varrón.

​Pero ¿De qué fuerzas disponía el todopoderoso Aníbal, cuya amenaza había llevado a Roma a reclutar un contingente de tal magnitud?

​Las fuentes clásicas coinciden en que el general cartaginés contaba con unos 40.000 hombres. Por ese motivo, su ejercito no podía rivalizar en número con el nuevo ejército que Roma le enviaba. Si en cuestión de números las circunstancias no eran favorables a Aníbal, tampoco lo eran en lo relativo a la composición de los ejércitos. En este sentido, el ejército cartaginés estaba formado por unidades que no compartían lengua ni cultura y que disponían de diferentes estilos de combate.

​En gran medida, la infantería cartaginesa de Aníbal se encontraba formada por iberos que le habían acompañado desde que inició la marcha desde «Qart Hadasht» (Actual Cartagena). No obstante, su fuerza también contaba con hombres provenientes de suelo africano (Cartago, Libia y Numidia); galos y soldados itálicos que habían decidido luchar en el bando de Aníbal.

​Tan pronto los exploradores del general cartaginés informaron de la cercanía del ejército romano y de su gran número, las dudas recorrieron el campamento púnico. La historia cuenta que uno de los exploradores llamado Giscón, informando a Aníbal acerca del gran contingente que Roma había reunido y enviado para combatirles, no pudo evitar que se reflejase en su voz y ojos el miedo de un destino nada esperanzador.

​Frente a esta circunstancia, Aníbal pronunció unas pocas palabras que, sin duda, inspirarían a cualquiera: «En ese campo nos esperan 80.000 romanos, pero ninguno se llama Giscón». Tales palabras renovaron la confianza de los cartagineses en ellos mismos y, en especial, en el líder que hasta tan lejos y con tanto éxito les había conducido.

​Aníbal al fin había conseguido su objetivo. Los romanos habían caído en las provocaciones que les había realizado y volvían a presentarle un ejército al que podía destruir como había hecho con los anteriores. Sin embargo, esta vez era diferente. Es cierto que hasta ahora los romanos siempre le habían superado en número, pero jamás en la proporción en la que lo hacían ahora. Se enfrentaba al mejor ejército del mundo antiguo y encima superado en número en una proporción de 2 a 1.

​Ante tal contexto Aníbal se preguntaba ¿De qué manera puedo derrotar a Roma en esta ocasión? Una idea pronto se paseó por la incansable mente de Aníbal. Por irónico que parezca, aquello que más confianza le daba a Roma, es decir su elevado número, sería su perdición.

​En la mañana del 02 de agosto del 216 A.C., Roma y Cartago se enfrentarían en el campo de Cannae. La República Romana solía formar en batalla como a continuación se expone:

2. Ejército Romano

En el centro, Roma siempre formaba los manípulos de infantería con bastante espacio entre ellas para garantizar la maniobrabilidad. Los infantes formaban de esta manera:

​1) En primer lugar, una línea de escaramuzadores o «velites» cuya función era desgastar con proyectiles al enemigo.

​2) En segundo lugar, formaban los «hastatii», quienes combatirían con sus «gladius» al enemigo en primer lugar.

​3) Por detrás de los anteriores encontraríamos los manípulos de «princeps», que contaban con algo más de armadura que los «hastatii».

4) Finalmente, encontramos a los «triarii» que eran los más veteranos del ejército y cuya intervención se producía en caso de extrema necesidad.

​A su vez, el ejército romano contaba con caballería que, emplazada en las alas, protegía los flancos de la infantería.

​No obstante, en la batalla de Cannae, Roma sabía que superaba a los cartagineses ampliamente en número en una proporción de 2 a 1. Por este motivo, decidió juntar todos sus manípulos de infantería, renunciando a los espacios y a la maniobrabilidad, con el objetivo de empujar y barrer del campo de batalla al inferior en número ejército cartaginés.

​En lo que respecta a la caballería, Roma situó a sus propios jinetes en el flanco derecho y, en el flanco izquierdo, a los caballeros aliados.

​​3. Ejército Púnico

Aníbal, sabedor de que los romanos tratarían de romper sus filas, aprovechándose del mayor número de hombres con que contaban, dispuso al ejército cartaginés de la siguiente manera:

​Posicionó en el centro a sus infantes galos, poco confiables, e iberos formando una disposición en el que el centro de al formación se encontraba apuntando ligeramente hacia la formación romana. A su vez, en los flancos de la formación, Aníbal situó a sus infantes púnicos y libios, mucho más confiables.

​En lo que respecta a la caballería, el general cartaginés situó a su caballería ibera y gala en el flanco izquierdo, lista para hacer frente a la caballería romana. Por otro lado, en el flanco derecho, Aníbal posicionó a su caballería númida que, ciertamente, era la mejor unidad de su ejército. La posición de la caballería númida le colocaba, por tanto, frente a la caballería aliada del ejército romano.

​Mediante esta disposición táctica, Aníbal sabía que podría utilizar a su favor la fuerza y la superioridad numérica romana.

​4. La Batalla

La batalla comenzó con ambos ejércitos avanzando el uno contra el otro. En ese instante, la caballería ibera y gala y la caballería númida cargaron contra la caballería romana y aliada formada en las alas. En este sentido, la caballería gala e ibera tenía el objetivo de cargar y hacer huir a la inferior caballería romana. Por su parte, la caballería númida tenía que atacar a la caballería aliada, tratando de causar el mayor daño posible.

​Las caballerías de ambos flancos chocaron y lucharon fieramente, pero la caballería romana, de peor calidad que la caballería a la que hacía frente, no puedo contener a los galos e iberos y los que quedaron vivos huyeron de la batalla. Tras este, suceso, la caballería gala e ibera rodeó la formación de infantería romana y ayudó a los númidas, atacando a la caballería aliada romana por detrás.

​Habiéndose producido un choque inicial entre las caballerías de ambos ejércitos, la infantería romana y el centro de la formación cartaginesa, en la que estaban situados los iberos y galos, comenzaron a combatir. Mientras esto se producía, son dos los aspectos tácticos que Aníbal había planeado, y que supondrían un factor diferencial para el bando púnico.

​- El primero de ellos, radicaba en que los flancos de la infantería cartaginesa, formado por las unidades púnicas y libias, se mantendrían en reserva sin entrar en combate.

​- En segundo lugar, Aníbal había previsto que el centro de la infantería, en el que se encontraban los iberos y galos, iría retrocediendo frente al empuje de las legiones romanas.

​Los soldados de Roma, cuando vieron que el centro de la infantería de Cartago que encontraba retrocediendo, presionaron pensando que la victoria estaba cerca, sin advertir que los flancos cartagineses mantenían la formación y no cedían terreno. Los cónsules de Roma, creyendo que la formación cartaginesa estaba a punto de quebrarse, incitaron a sus tropas para que siguiesen avanzando.

​En este punto de la batalla, el centro de la infantería cartaginesa se encontraba retrocediendo formando una «U» y los romanos, ante la idea equivocada de que estaban venciendo, se introdujeron sin saberlo en el interior de una trampa.

​A medida que los legionarios romanos más empujaban a las unidades iberas y galas, más se iban introduciendo en una bolsa de la cual no podrían salir. Cuando el centro cartaginés había retrocedido lo suficiente, los flancos del ejército púnico finalmente avanzaron atacando por los costados a la infantería romana. Los legionarios de Roma cuando tan solo unos instantes antes pensaban que la victoria era inevitable, se vieron totalmente rodeados por el frente y los costados.

​Por este motivo, la superioridad numérica romana, y el hecho de que los cónsules romanos Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo hubiesen posicionado sin espacios, estaba jugando en contra de Roma. La razón radicó en que, al estar completamente rodeados, los romanos no tenían suficiente espacio para moverse y, en base a esto, no podían utilizar eficazmente las armas. Si Roma hubiese formado a sus infantes con más espacios entre cada uno de los manípulos de infantería, su superioridad numérica no habría actuado en su contra, puesto que el ejército de Aníbal no habría podido rodear al enemigo.

​La caballería aliada de Roma, sufriendo ataques por ambos frentes, no pudo contener el ataque y huyó. En ese momento, habiendo sido derrotada la caballería romana, los jinetes púnicos tan solo tuvieron que atacar la retaguardia de la infantería enemiga, cerrando con ello la trampa orquestada por Aníbal. Los romanos se encontraban completamente rodeados.

​Mediante esta brillante maniobra táctica, Aníbal consiguió que un ejército al completo, inferior en número y de peor calidad, lograse rodear y destruir al mejor ejército del mundo el cual, a su vez, contaba con el doble de efectivos.

​Como se ha indicado con anterioridad, estando absolutamente rodeados y careciendo de espacios con los que maniobrar, los legionarios romanos no pudieron utilizar de manera eficaz sus armas, puesto que ese grueso de miles de hombres, confundidos y yendo hacia el centro de la formación con la intención de escapar de las armas cartaginesas, se encontraban en una situación asfixiante en la que apenas había sitio para respirar.

​Al final del día, solo 1 de cada 6 romanos había sobrevivido. Roma había sufrido la que con seguridad es una de las mayores derrotas militares de toda su historia. De la noche a la mañana, el mayor ejército que la República Romana había organizado había sido masacrado. Aníbal Barca tras haber cruzado los Alpes con su ejército, había derrotado continuamente a todas las legiones que habían tratado de detener su avance. Roma se encontraba al borde del desastre y solo un milagro obrado por el dios Júpiter podría salvar a la ciudad el Tíber de su fatal destino.

​A pesar de tal aciago episodio, Roma no sucumbió ante Cartago en la segunda guerra púnica. Durante siglos, Roma se expandió y gobernó sobre todas las naciones que se encontraban en el Mediterráneo, incluida la propia Cartago. Sin embargo, durante la historia de Roma, mencionar a Aníbal era sinónimo de aflorar en la mente de los romanos el recuerdo del mayor enemigo que jamás hayan tenido. No en balde, las matronas romanas asustaban a sus hijos con la frase «Hannibal ad portas» (Aníbal está a las puertas). Pero esa es otra historia…

Fuentes:

​​Isaac Asimov, La República Romana.

​Pilar Fernández Uriel, Historia de Roma.

​Pilar Fernández Uriel, La Civilización Romana.

Polibio, Historias.

​Tito Livio, Ab Urbe Condita.

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