CUANDO ORIENTE TRATÓ DE REUNIFICAR EL MEDITERRÁNEO

1. Contexto

En el año 395 D.C. el Imperio romano, lejos de su antigua gloria, se encontraba a punto de expirar. Frente a esta situación, el emperador romano Teodosio dividió el imperio de forma definitiva en dos (Partitio Imperii).

A su hijo mayor, Arcadio, le correspondió la parte oriental del imperio con capital en Constantinopla. Territorio imperial de mayor riqueza. Por otro lado, a su hijo Honorio le fue otorgada la parte occidental del imperio con capital en Milán aunque, prontamente, la misma fue trasladada a Ravena. Roma, por tanto, hacía tiempo que había dejado de ser la ciudad más importante, convirtiéndose en un mero símbolo de su gloria pasada.

El imperio occidental se encontró, desde un principio, en una situación de grave crisis social, económica y militar acrecentada por la inmersión de los diferentes pueblos germánicos en su territorio. Sus recursos económicos, sociales y militares no podían hacer frente a los retos a los que se enfrentaba. Por este motivo, en el año 476 D.C. Odoacro, líder de los hérulos, depuso al último emperador romano de occidente dándose fin a un imperio que había regido sobre la Europa occidental durante siglos. 

Irónicamente, el último emperador de occidente contaba con el nombre de Rómulo Agustulo. Rómulo, como el fundador tradicional de la ciudad de Roma, y Augustulo (Augusto), título recibido por el primer emperador de Roma.

A pesar de lo anterior ¿Es posible indicar que el Imperio Romano finalizó el año 476 D.C.? 

Si abandonamos nuestra visión occidental del mundo y ampliamos el punto de vista, nos daremos cuenta de que, en Oriente, los territorios del imperio romano oriental seguían siendo gobernados por emperadores que, desde su trono en Constantinopla, regían el destino de millones de personas. A pesar de que hoy en día se conozca a este imperio por el nombre de Imperio Bizantino, lo cierto es que este término no puede ser más errático.

En primer lugar, porque los mismos habitantes del Imperio Romano de Oriente seguían autodenominándose “romanos”. 

Y, en segundo lugar, porque Bizancio es el nombre que se le había dado al enclave griego situado donde posteriormente fue fundada Constantinopla. Por este motivo, lo más correcto hubiera sido denominar al imperio como Imperio Romano Oriental o Imperio de Constantinopla.

El Imperio Romano Oriental continuó con su andadura con mejor fortuna que su hermano occidental. Durante el final del siglo V y principios de siglo VI, Constantinopla observaba los acontecimientos que sucedían en occidente sin intervenir directamente, salvo reducidas excepciones. Sin embargo, todo cambió en el año 527 D.C., momento en el que ascendió al trono de Constantinopla el emperador Justiniano I y la emperatriz Teodora.

Justiniano era un gran amante de la historia y de la gloria del Imperio en tiempos de Augusto o Trajano. Tal era su admiración por los tiempos de gloria del Imperio, que desarrolló un ambicioso plan con el objeto de recuperar todos aquellos territorios que habían pertenecido al Imperio Romano (Renovatio Imperii).

Su intención no era conseguir el resurgimiento de un imperio romano occidental. El objetivo era reincorporar esos territorios, formándose de nuevo un único Imperio reunificado con centro en Constantinopla. De esta manera, Oriente asumía el reto de reunificar el Mediterráneo.

Tal titánica tarea conllevaba enfrentarse a los numerosos reinos que se habían formado en los territorios occidentales. Vándalos; suevos; francos; ostrogodos; visigodos; sajones y demás pueblos germánicos habían formado y afianzado, en mayor o menor medida, una serie de reinos que deberían ser sometidos, si Justiniano quería recuperar la plena soberanía sobre estos territorios.

Para preparar la campaña, Justiniano necesitaba que concurriesen con urgencia tres condicionantes: 

1) Una economía capaz de sostener los gastos ocasionados de la campaña; 

2) Una frontera estable y pacífica en oriente con el Imperio persa sasánida; y 

3) El liderazgo de una persona al que pudiera confiarse semejante proyecto.

Con el objeto de solventar las dos primeras cuestiones, Justiniano elevó la carga fiscal de los ciudadanos del Imperio y celebró con los persas un tratado de paz de duración indefinida conocido como “Paz Eterna”. El anterior acuerdo de paz contaba con condiciones perjudiciales para los intereses romanos, pero era necesario para calmar las hostilidades con el imperio sasánida y tener vía libre de actuación en occidente.

Frente a la cuestión relativa al liderazgo del proyecto, Justiniano confió la “Renovatio Imperii”a Belisario. En las manos de Belisario se encontraría la ardua tarea de reincorporar al Imperio, mediante la fuerza de las armas y de la diplomacia, los antiguos territorios occidentales de Roma.

2. Reino Vándalo en África

El primer objetivo de la campaña de Belisario en Occidente fue la de reincorporar los territorios que conformaban el Reino Vándalo, situados en la antigua provincia romana de África, con capital en Cartago.

Durante las últimas décadas de existencia del Imperio Occidental, los vándalos, situados inicialmente en la Península Ibérica, vieron la oportunidad de establecerse en la provincia africana de Roma.

La caída de Cartago y la formación del Reino Vándalo en África en el siglo V, junto al saqueo de Roma del año 410 D.C. a manos de los visigodos, fue un fuerte golpe anímico contra el moribundo Imperio Romano Occidental. Ahora, en el año 530 D.C., Constantinopla se preparaba para recuperar Cartago y la provincia de África. 

¿Con qué medios contaba Belisario para reclamar esas tierras en nombre de Justiniano? Las fuentes, en especial Procopio de Cesárea, historiador que acompañó a Belisario durante sus diversas campañas, nos indican que Constantinopla envío una expedición de 15.000 hombres aproximadamente.

 Unos números que, a priori, parecen insuficientes para la titánica tarea de atacar el corazón del Reino Vándalo. La reunificación del Mediterráneo, por ello, dependería de la audacia e inteligencia de Belisario.

En el año 533 D.C. Belisario desembarcó en África y marchó hacia Cartago. Gelimer, rey de los vándalos, organizó 20.000 hombres con el objetivo de interceptar a Belisario y frenar su avance. Ambos bandos se encontraron a unas 10 millas romanas de la capital vándala.

El choque de ambos ejércitos inició la batalla de Ad Decicum, denominada de esta manera por haberse librado el combate a 10 millas de Cartago. A pesar de la superioridad numérica vándala, el ingenio de Belisario se sobrepuso a la indecisión de Gelimer. Roma había vencido.

Ante tal situación, y no pudiendo evitar la caída de Cartago, Gelimer huyó a Bulla Regia abandonando la capital a su suerte. Las fuerzas romanas avanzaron sin oposición y recuperaron finalmente Cartago.

A pesar de lo anterior, Gelimer organizó un nuevo ejercito, recibiendo refuerzos de todos los rincones del Reino Vándalo (la propia África, Cerdeña, Córcega y Baleares). Contando con una nueva hueste, el rey vándalo destruyó el acueducto que suministraba agua a Cartago y esperó el ataque de los romanos.

Ante el ataque vándalo, Belisario decidió pasar a la ofensiva confiando a Juan el armenio, comandante de su caballería, el peso del ataque principal sobre Gelimer. Los arqueros a caballo del ejército romano consiguieron repeler a la caballería pesada vándala, aprovechando ese instante Belisario para proseguir el ataque con sus infantes.

Gelimer, rey de los vándalos, ante la perdida de su mejor fuerza, la caballería pesada, decidió escapar abandonando a sus hombres en el campo de batalla. Ante este acontecimiento, los vándalos se desmoralizaron y escaparon sin seguir presentando batalla.

Mediante esta victoria, el Imperio Romano Oriental había conseguido recuperar Baleares, Córcega, Cerdeña y, lo más importante, la antigua provincia de África. Belisario, con tan solo 15.000 hombres había conseguido anexionar Cartago, acabando con el reino germánico de los vándalos. A su regreso a Constantinopla, a Belisario le fueron concedidos grandes honores e incluso le fue otorgado un “triunfo”, premio que en Roma se concedía a aquellos generales que habían resultado victoriosos en batalla.

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